viernes, 24 de abril de 2015

SEMANA SANTA DE UN JOVEN COFRADE. Alex Pardo Gómez.

(Si subes el volumen de tu altavoz lo disfrutarás dos veces)

Saludos a todos los amigos que siguen nuestro blog, y como no iba a ser menos a los tertulianos.

Soy Alex, uno de los componentes de este grupo de enamorados de la Pasión de Nuestro Señor, hermano de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad y del Santo Sepulcro de Zaragoza. 





Soy uno de los muchos jóvenes zaragozanos, que al acabar la Navidad comienzo con ansia e ilusión la preparación de la semana, de mi semana, de nuestra semana; la semana para muchos que más añoramos y deseamos a lo largo del año, semana que es fruto de ensayos, frío, nervios, tiempo y sobre todo ilusión.

Soy uno de los jóvenes cuyos sentimientos cambian al llegar la primavera, al llegar ese olor a incienso, al llegar esa semana llena de magia…  

Cuando uno quiere hacerse a la idea de que el deseo se hace realidad, ya está en Domingo de Ramos, y es entonces cuando empieza el sueño, el sueño de ver andar al Señor de la Humildad por el barrio de Magdalena a los sones de “Madre”, de sentir la chicotá del Dulce Nombre mientras escuchas “Caridad del Guadalquivir”, de notar la devoción de todo un barrio por su Nazareno…

Llega el Lunes Santo, momento en el que mi corazón se desplaza muchos kilómetros al sur, donde mi moreno de San Gonzalo anda con su izquierdo repartiendo soberanía por una Sevilla impregnada de azahar…

El martes se produce una fusión entre nervios e ilusión que me envuelve desde pequeño, pues es día de traslado, traslado del Cristo del Refugio a nuestra casa, acto que este año conmemora su 75 aniversario y que como todos los años, pone fin con el encuentro de Cristo con Nuestra Madre, con Nuestra Señora de la Piedad, momento emotivo que sin duda marca esa noche de Martes Santo…

En casa el Miércoles Santo es un día intenso, importante, pues una de las personas por la que mi vida es posible, la persona que más valores cristianos y fe me ha inculcado y que me acompaña día a día con mis penurias y éxitos, hace realidad su sueño al ponerse el sol. Mi madre, pertenece a la Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores. El miércoles pues, es su día grande, la noche del Miércoles Santo en Zaragoza fue una noche ideal, especial y muy emotiva, fue una noche de amor de una madre por su hijo, una noche de reencuentro entre un Jesús Nazareno, agonizado por la carga a cuestas de un pesado madero y nuestra Virgen María, madre con siete puñales clavados y cinco lagrimas de dolor y agonía, bajo un marco idílico como es una Plaza del Pilar encapotada por las estrellas de una fría noche zaragozana.

Jueves Santo, día de procesiones, día de recuerdo, de tradición, de hermandad, de amistad, de reunión, de interiorización, de guardias en San Cayetano, de mesas petitorias en el Pilar, de nervios, de poco descanso, día intenso, día importante, día de felicidad y sobre todo día especial entre un padre y un hijo que a parte de muchos otros vínculos, comparten el amor y la devoción infinita a la Virgen de la Piedad.

El día transcurre con normalidad; las horas se van cayendo; de la Exaltación al Descendimiento, pasando por la Crucifixión; la luz va disminuyendo y con ello los nervios afloran en todos mis sentidos, cada vez aquella hora mágica está más cerca, el momento más esperado del año se aproxima sin pedir permiso y la luna, aquella primera luna llena de primavera hace acto de presencia sin avisar.

Las 00:00 horas; Zaragoza exhala una bocanada de aire, la noche está en calma, una frase es pensada por cientos y miles de incondicionales, fieles a Ella, a su mirada, a su dolor, a su pena, a su piedad. “La Piedad está en la calle”, al escuchar aquella frase mi mundo se paraliza y se congela, mi sueño y el de 1.290 hermanos más se hace realidad, el piquete anuncia la salida de nuestro guión que "bailotea" con un cierzo limpio y puro, el Cristo del Refugio es mecido por sus portadores y ella, nuestra Virgen, nuestra Señora, nuestra Madre, sale de su casa con el toque de nuestra sección de instrumentos, con un toque que representa todos los meses de ensayos, frío, nervios, tiempo y sobre todo ilusión. Una vez fuera del vulgo de San Cayetano,  comienza a andar, a desfilar la caridad, de la mano de nuestra Virgen y su Hijo muerto en su regazo, esa caridad que nuestra cofradía lleva por bandera dirección San Nicolás, en el corazón del Boterón. Una vez terminada la procesión, la igualdad y monotonía de los capirotes se rompe, y es entonces cuando se refleja todo, es entonces cuando se refleja la hermandad entre los cofrades de esta gran familia.

Al finalizar, es momento de llegar a casa y volver a trasladar sentimientos a la majestuosa madrugá sevillana, donde un Jesús gitano y sentenciado, cae tres veces hasta llegar al calvario, allí morirá para al día siguiente expirar, y todo esto con la Esperanza Macarena y Trianera, de su Santa Madre.

El viernes en Zaragoza es un día diferente y sobrio, un día donde veinticuatro hermandades y cofradías somos protagonistas, donde todos aportamos nuestro granito de arena a esta ancestral procesión, pero por encima de nosotros hay un Cristo con historia, que da identidad a una Zaragoza inmortal, me refiero al Santísimo Cristo de la Cama. Dicho Cristo es llevado por los hermanos de la Cama y recorre el centro de la ciudad presidiendo así el Santo Entierro. Para muchos una procesión dura, que da lugar a momentos exigentes, para otros el final de esta bendita semana, para mí una mezcla entre felicidad, alegría, orgullo, angustia y sobre todo duelo. Primero recogerá la Resurrección, después la Entrada, a continuación la Eucaristía y así hasta la Sangre Cristo que cerrará el recorrido procesional.

Al tercer día él resucitó, nos salvó, nos dio la oportunidad de vivir. Con su resurrección ponemos fin a la Semana Santa, ponemos fin a esta locura, a esta semana alimentada, vivida y disfrutada por miles de locos, enamorados y cofrades que cargan kilos en la cerviz, en el hombro…; Cofrades que con su redoble hacen oración; cofrades que se ponen sayones y se tapan la cara… 

Todo esto para dar testimonio de fe y recordar la historia más bella jamás contada por la humanidad.



jueves, 16 de abril de 2015

SEMANA SANTA DE SEVILLA 2.015... CON NUESTRA TERTULIA. Pepe Lasala.

(Si subes el volumen de tu altavoz lo disfrutarás dos veces)

         Todo salió bien… Sí, todo salió bien y con un sol brillante las cofradías depositamos nuestras ilusiones sobre la alfombra roja de las calles de Sevilla. Ilusiones plasmadas en el corazón de nuestras Cruces de Guía, Estandartes, cirios, costales, Simpecaos… Ilusiones nazarenas en las que el amor tuvo su protagonismo y se expresó regalando un beso que no fue el de Judas, sino el de miles y miles de cofrades que, a través de nuestras Sagradas Imágenes, pusimos en escena el Evangelio a los pies de la Giralda para que el cielo, la luna y las estrellas vistieran sus túnicas durante siete días y siete noches.





Vivimos momentos muy hermosos, momentos que transmitimos desde Sevilla a través de imágenes y mensajes al resto de tertulianos que participaban en la Semana Santa de Zaragoza y que nos devolvieron con cariñosa reciprocidad. Momentos que apuntaron directamente a nuestro corazón cual saeta de "El Sacri" acariciando al Cachorro una tarde de Viernes Santo; momentos donde una Virgen de tez morena devolvía a Triana su Esperanza cuando un Hombre con la Cruz al hombro se levantaba tras caer tres veces; momentos donde el Gran Poder de Dios nos tendió su mano sobre el regazo de la Plaza de San Lorenzo para que la besásemos; momentos donde el corazón se encogió al compás de la marcha "Amarguras" mientras el palio de la Virgen de las Aguas se alejaba de la Plaza Nueva; momentos donde todo un barrio se acercó hasta la calle Rioja para defender a su Señor Soberano del poderoso Caifás; momentos en los que la Maestranza sacó su pañuelo blanco para aclamar Piedad y Caridad; momentos en los que Pilatos a las puertas de San Pedro presentó a Sevilla al que iba a ser su Salvador...

Fueron momentos preciosos que vivimos todos juntos, y aunque el calor y el cansancio iban haciendo mella -fundamentalmente en los pies de algunas de nuestras chicas- conforme iban pasando los días, siempre estuvo presente entre nosotros la hermandad, la camaradería, el buen humor y por supuesto nuestra mejor sonrisa.





Y llegaron las noches, los finales de cada jornada de la semana en los que Sevilla va bajando el telón mientras la voz de un capataz reza ese vámonos mi arma que ya estamos en el barrio a la par que toca el martillo, mientras el olor a cera quemada se confunde entre los posos de aroma a azahar procedentes del atardecer hispalense, mientras los ojos de los nazarenos transmiten un brillo especial mediante el que dan gracias a Dios por haber cuasi cumplido su Estación de Penitencia, mientras el andar de los costaleros provoca una romántica sinfonía al "rachear" sus alpargatas sobre los adoquines de las estrechas calles, y mientras las nubes de incienso dibujan en el cielo la mirada de los que ya no están pero cada año desde un privilegiado y divino palco contemplan la Pasión de Cristo. La magia de la noche sevillana nos dice que todo se ha consumado.